Previo al duelo de vida o muerte contra Baltimore, el equipo de los Steelers decidió apostar por un recurso que escapa a cualquier libro de jugadas: le pidieron a un sacerdote que rociara agua bendita en las zonas de anotación. Lo que para muchos pudo parecer un acto de superstición extrema, terminó siendo el preámbulo de una victoria agónica sobre Baltimore que selló su boleto a los Playoffs en el último suspiro del reloj.
a energía que se sintió tras ese triunfo de los Steelers trasciende lo deportivo; fue la confirmación de que, en la ciudad del acero, la fe mueve montañas y, aparentemente, también mueve las cadenas en cuarta oportunidad.
Ayuda divina
El Acrisure Stadium no era un estadio de fútbol este domingo; era una catedral de nerviosismo. Baltimore llegó con la intención de sepultar las aspiraciones de Pittsburgh, y durante tres cuartos y medio, parecía que lo lograrían. Sin embargo, el ambiente ya estaba condicionado por lo sucedido horas antes del silbatazo inicial. La imagen del padre bendiciendo el césped, bajo la mirada atenta de veteranos y novatos de los Steelers, se viralizó rápidamente, generando un debate entre los puristas del deporte y aquellos que creen en las fuerzas invisibles que rigen el destino de un balón de ovoides.
El partido fue una oda a la vieja escuela. Golpes secos, defensas que no cedían un solo centímetro y un marcador que se movía a cuentagotas. Baltimore, liderado por una ofensiva asfixiante, mantuvo la ventaja durante casi todo el encuentro. Pero había algo en el aire. Cada vez que los Ravens se acercaban a la «zona bendecida», algo extraño ocurría: un castigo inoportuno, un balón suelto inexplicable o un pase que rebotaba en las manos del receptor más seguro.

Los Ravens estaban listos para recuperar la ventaja una última vez después de que Lamar Jackson conectara con Isaiah Likely para una ganancia de 28 yardas que puso a los Ravens dentro del rango de Loop.
La patada del novato nunca tuvo oportunidad, desviándose bien a la derecha de los postes mientras los Steelers invadían el campo para celebrar su primer título divisional en cinco años.

La mística de los Steleers
Más allá del agua bendita, hay que hablar del corazón de este equipo. Los Steelers de esta temporada han sido un ejemplo de resiliencia. No tienen la ofensiva más explosiva de la liga, ni el quarterback con los mejores números, pero tienen una identidad que ningún otro equipo posee. La victoria de ayer fue el resultado de una defensa que se negó a morir y de una serie ofensiva final que fue ejecutada con una precisión quirúrgica, casi divina.
La relación entre la fe y el deporte es intrínseca. No es la primera vez que vemos actos de fe en la NFL, pero hacerlo de manera institucional, pidiendo permiso para bendecir el campo antes de un duelo contra el máximo rival, habla de la desesperación y el respeto que le tenían a Baltimore.
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Históricamente, Pittsburgh ha estado ligado a momentos que parecen sacados de un guion cinematográfico. Desde la famosa jugada de Franco Harris en los años 70, el equipo ha cultivado esa imagen de ser un conjunto tocado por la gracia en los momentos de mayor oscuridad. Ayer, al ver a los jugadores arrodillarse tras el gol de campo final, era imposible no conectar los puntos. El agua bendita fue el símbolo, pero la fe en el sistema y en el compañero fue la que ejecutó la obra.




