Hay golpes que no se miden en puntos perdidos ni en errores estadísticos. Hay golpes que llegan al centro de la persona, al lugar donde el futbol ya no alcanza para explicar nada. Eso es lo que vive hoy Jesús Owono, portero del FC Andorra, quien enfrenta la posibilidad de colgar los guantes no por una lesión ni por falta de nivel, sino porque cargar con la muerte de otro ser humano en la cancha es un peso que no tiene manual de recuperación.
El dolor que va más allá del juego
Tras el fatal choque con Jesús de Miguel, delantero del CD Tenerife, Owono entró en un proceso de duelo que lo tiene al límite. Según lo que él mismo ha expresado, estos son «los días más difíciles de su vida» y su pensamiento no se despega del jugador fallecido ni de su familia. No hay entrenamiento, táctica ni preparación física que prepare a un deportista para algo así.
El club lo ha rodeado de atención profesional diaria. Una de las estrategias que utilizan para ayudarlo a procesar el trauma es mostrarle casos de otros atletas que atravesaron tragedias similares y lograron continuar. Es un intento de darle perspectiva, de hacerle saber que no está solo en ese dolor tan específico y tan devastador. Pero el portero reconoce que está considerando seriamente el retiro. No como una decisión tomada, sino como una posibilidad real que ronda su cabeza en los momentos más oscuros.
La salud mental en el futbol: una conversación urgente
Lo que vive Owono pone sobre la mesa, una vez más, algo que el futbol profesional ha tardado demasiado en atender con la seriedad que merece: la salud mental de los jugadores. Durante décadas, la cultura del deporte de alto rendimiento normalizó el «aguantar» y el «seguir adelante», como si los futbolistas fueran ajenos al trauma, la culpa y el duelo.
Un portero involucrado en un accidente que cobra la vida de un rival no enfrenta solo el luto por una persona: enfrenta también la culpa, el escrutinio público, la presión de volver a una cancha donde todo le recordará lo ocurrido, y la mirada de un mundo que muchas veces no sabe cómo acompañar sin juzgar. Que el FC Andorra esté brindando atención profesional constante es un paso en la dirección correcta, pero el caso de Owono evidencia que los protocolos de contención emocional en el futbol todavía tienen mucho camino por recorrer.
Una decisión que solo le pertenece a él
Nadie puede ni debe apurar a Jesús Owono. La pregunta de si continuará o no jugando al futbol no tiene respuesta correcta desde afuera. Retirarse no sería rendirse; seguir tampoco sería ignorar el dolor. Ambas decisiones, si vienen desde un proceso genuino de sanación, son válidas.
Lo que sí es claro es que el futbol perdió algo esa tarde: a Jesús de Miguel, primero y sobre todo, y también la inocencia de una jornada que debía ser simplemente un partido. El deporte, en sus mejores momentos, nos recuerda que somos humanos. En momentos como este, nos lo recuerda de la peor manera.
La afición, los clubes y la industria entera tienen la responsabilidad de acompañar a Owono con la misma intensidad con la que se sigue cualquier resultado. Porque lo que viene para él no se va a resolver en noventa minutos.



